lunes, 18 de diciembre de 2017

¿CÓMO AFECTA EL OTOÑO AL CEREBRO?


Con frecuencia se habla de que los cambios estacionales producen alteraciones en el estado de ánimo de las personas. En verano solemos estar más activos y animados mientras que en invierno estamos más cansados y desanimados.


Esto ocurre porque se producen modificaciones cerebrales que afectan a nuestra cognición, conducta, metabolismo, incluso a nuestro sistema inmunitario ya que se ha descubierto que hay algunos genes que se activan en función de las épocas del año.
Con la entrada de la primavera y el otoño (sobre todo) notamos en nuestras consultas alteraciones cognitivas y conductuales en nuestros niños, coincidiendo con el cambio horario.

Los cambios horarios estacionales se dan de manera brusca (aumentado o atrasando una hora), dando lugar a cambios en nuestros hábitos, lo que no siempre afecta de forma favorable a todo el mundo. Es decir, se produce un desajuste en nuestro organismo.

¿Cómo se explican estos cambios?


Existen muchas teorías sobre por qué se producen estos cambios anímicos en los individuos en relación a los cambio estacionales, pero la mayoría de los investigadores coinciden en que pueden estar desencadenados por la respuesta del cerebro a la disminución de la luz y la relación con algunas hormonas claves en la regulación de los ciclos de sueño-vigilia, la melatonina y la serotonina.

La melatonina es una hormona producida principalmente por la glándula pineal, y participa en una gran variedad de procesos celulares, neuroendodrinos y neurofisiológicos. La producción de melatonina por la glándula pineal es inhibida por la luz, lo que quiere decir que se produce por la noche (en circunstancias normales). La producción de melatonina está regulada por el ciclo diario de luz-oscuridad, lo que se conoce como ciclo circadiano. Durante el otoño y el invierno los días se acortan y las horas de oscuridad se alargan, pudiendo causar un aumento en los niveles de melanina.

La serotonina es un neurotransmisor que tiene efecto modulador general e inhibidor de la conducta, regulando el comportamiento exterior del individuo, el sueño, la actividad sexual, el apetito, los ritmos circadianos, funciones endocrinas, la temperatura corporal, el dolor, la actividad motora y funciones cognitivas. Los niveles de serotonina son más bajos durante el otoño y el invierno.

¿Qué consecuencias tienen estos cambios?


Con la entrada del otoño, comenzamos a notar en nuestros pacientes pediátricos que algunos de los síntomas que presentan se agravan de manera significativa o bien aparecen con más frecuencia en esta época. Entre ellos destacamos:

 Mayor irritabilidad y mal humor.
Agresividad.
Baja tolerancia a la frustración.
Mayor dificultad para controlar sus impulsos tanto motores como cognitivos.
Dificultades para conciliar y mantener el sueño por la noche.
Agotamiento y cansancio durante el día, observándose cambios físicos (ojeras y cambios en la tonalidad de la piel).
Dificultades atencionales secundarias a las dificultades inhibitorias y falta de sueño.
Dolores de cabeza frecuentes.
Aumento de tics.
Mayor dificultad para tolerar los cambios.
Aumento de convulsiones y crisis epilépticas.
Alteraciones emocionales.

Estos síntomas tienen una repercusión en la vida diaria del pequeño y en sus diferentes contextos.

Ámbito escolar:


Según nos cuentan los papas y los tutores de nuestros pacientes, niños que tienen dificultad para controlar los impulsos están más inquietos motóricamente y presentan conductas más agresivas y desafiante de lo habitual, ocasionándole problemas con profesores y compañeros. Pacientes con dificultades atencionales están por lo general, más dispersos en clase, y con una menor predisposición al trabajo puesto que todo le supone un esfuerzo mayor que de costumbre (debido a su agotamiento y cansancio). Esto genera que lleven más tarea para casa porque no la terminan en el cole, por lo que tienen que pasar tiempo de su tarde haciendo la tarea y sus tiempos de descanso, ocio y juego se encuentra reducidos.

Ámbito familiar:


Los problemas en el cole repercuten también en el ámbito familiar. No sólo los niños están mas cansados durante esta época, también los adultos sufrimos las consecuencias de los cambios estacionales. Los papás se encuentran desbordados ante el comportamiento de los pequeños, la cantidad de tareas escolares y el pasar más tiempo en casa debido a las pocas horas de luz y el mal tiempo hace que todos los miembros de la familia estén menos tolerantes, más irritables e irascibles. 

Ámbito social:


Nuestra vida social y la de los peques se reduce un poco en esta época del año. Al haber menos horas de sol, las horas en lugares al aire libre (parque, campo…) se minimizan, disminuyendo como consecuencia los lugares donde establecen contacto con iguales fuera del ámbito escolar. Por lo que las actividades que realizan son más sedentarias y solitarias (ver la televisión, jugar en casa…) y requieren de un menor esfuerzo físico, esto conlleva a que los niños acumulen energía y por ello se muestra mucho más “inquietos y revoltosos” en casa o en el cole.

Conclusión:


Como hemos podido comprobar la entrada del otoño nos afecta cerebralmente repercutiendo en nuestro día a día. Por lo general, este “caos” cognitivo y conductual remite pasado un tiempo, cuando nuestro cerebro se adapta al cambio.  Los cambios que se han mostrado y explicado son los que observamos en nuestras consultas con pacientes que presentan algún tipo de alteración en su neurodesarrollo, es decir, que en la mayoría de ellos hay síntomas que observamos todo el año, aunque se mantienen más estables. Es por ello, que recomendamos a los papas no alarmarse en exceso cuando estos síntomas se agravan de manera temporal coincidiendo con el cambio estacional. No obstante, les ofrecemos algunas pautas que favorezcan la adaptación al cambio, como pueden ser:

Intentar mantener ciertas rutinas durante todo el año.
Aprovechar las horas de sol y hacer actividades al aire libre, que fomente el ejercicio físico.
Evitar exceso de actividades sedentarias.
Mantener las rutinas de sueño.


María Ortiz Rodríguez,
Neuropsicóloga 
CIVET

miércoles, 15 de noviembre de 2017

¿QUÉ ES EL FRENILLO LINGUAL CORTO?

¿Alguna vez os habéis fijado en cómo es vuestro frenillo lingual? Si tienes hijos… ¿Te has fijado en cómo es su frenillo lingual? Y muchos de vosotros al leer este post os podéis llegar a preguntar ¿Por qué me tendría que fijar en ello? A continuación os explicamos su importancia. 

La definición de frenillo lingual corto o anquiloglosia que podemos dar para que todos los padres y las madres lo entiendan mejor es la siguiente: es una pequeña pieza de tejido o mucosa con alteración congénita que se caracteriza porque el pliegue que existe longitudinalmente en la zona inferior de la lengua y que une la base de la lengua es anormalmente corto. La alteración de tal estructura  es una anomalía del desarrollo, en la que se apunta un origen genético y hereditario, que se puede caracterizar por presentar alteraciones en las características anatómicas y/o funcionales de la lengua. Dicha alteración se denomina frenillo lingual alterado (FLA) y entendemos como anquiloglosia la forma clínica más severa, pudiéndose encontrar tanto en bebés como en niños, adolescentes o adultos.



Existen distintos grados de anquiloglosia o frenillo lingual corto:
  • Frenillo tipo 1: el frenillo llega a la punta de la lengua. La lengua es cóncava en forma de corazón.
  • Frenillo tipo 2: el frenillo no alcanza la punta de la lengua. La lengua es cóncava.
  • Frenillo tipo 3: la lengua se pliega en el centro dificultando que la misma pueda tocar el paladar.
  • Frenillo tipo 4: la lengua no llega al paladar. La lengua es cóncava en su parte superior.

Esta dificultad de movilidad lingual, provocada por el frenillo lingual corto puede ocasionar alteraciones en:

  • Lactancia
  • Succión
  • Deglución
  • Habla
  • Respiración
  • Dentición 



Las consecuencias del frenillo lingual corto en un niño o niña, en un principio afectan a la lactancia, pero más adelante puede ocasionar otras dificultades como respiración oral, posición incorrecta de la lengua en reposo, alteraciones en la estructura maxilofacial (maloclusión dental), deglución atípica y trastornos de la articulación de varios fonemas.

La lengua es una estructura primordial en nuestro sistema orofacial e interviene en los procesos de alimentación, deglución, articulación y en la posición de los dientes en las arcadas dentarias. Los niños y niñas que tengan el frenillo lingual corto, de esta manera pueden obtener dichas alteraciones.

Si su hijo o hija se encuentra en dicho caso, deberíais contactar con un logopeda para poder realizar la evaluación del frenillo lingual. El diagnóstico del frenillo lingual se realiza a través de una exploración anatómica por medio de la observación y palpación para ver el estado de sus funciones, como por ejemplo elevación, lateralización y extensión de la lengua.

Una vez realizada la evaluación y la decisión de realizar una intervención quirúrgica o no, debe ser tratado posteriormente por un especialista (otorrino) quien determinará las distintas opciones del paciente.

El tratamiento quirúrgico más habitual para eliminar la anquiloglosia es la frenotomía.

Si el niño o niña se va a someter a la corrección quirúrgica se recomienda recibir tratamiento de Terapia Miofuncional antes y después de la intervención a través de ejercicios que posibiliten la movilidad lingual.

Posteriormente de ello, si siguen apareciendo dificultades en la respiración, deglución o articulación será el logopeda el encargado de realizar el tratamiento específico para el niño o niña.



Loreto Delgado Boa
Logopeda
CIVET

lunes, 2 de octubre de 2017

DIEZ AÑOS CRECIENDO JUNTOS


En septiembre de 2007 la ilusión y la vocación por ayudar a los niños con parálisis cerebral y a sus familias, desembocaron en la inauguración de un sueño que se había venido fraguando durante bastante tiempo. Así nació CIVET hace ya... ¡diez años! Resulta tópico decir que el tiempo pasa muy rápido... cuando puede que sólo sea que se nos hace corto. Y si bien a veces desgasta, nuestro paso por él nos va edificando, nos modela, nos da forma sin remedio.

Aquí más que en ningún otro sitio, los días se convierten en sinónimo de un crecimiento visible: algunos de los niños que empezaron con nosotros una década atrás son ya adultos, chicos y chicas con sus ilusiones, sus miedos, sus esperanzas, sus barbas... sus vidas; los bebés de los primeros años son ahora niños y niñas divertidos, adorables y adorados, pelín mimados (cierto), agotadores (más cierto aún); las mamás y papás que llegaron jóvenes y lozanos, se han ido doctorando con honores en esto de ser madres y padres sin manual de instrucciones ni libro en el que reclamar, aprendiendo a ser profesores muy particulares, cantantes a jornada completa, trabajadores sociales a tiempo parcial, chóferes incansables, enfermeros de bata de boatiné, arreglasillas, circólogos, exploradores del ciberespacio, potenciales homicidas de esos pesados de los cantajuegos...; otros aún andan por los primeros cursos de esta carrera, pero todos apuntan maneras desde el principio.

En estos años han sido muchos los niños, muchos los profesionales, muchas las familias que han pasado parte de sus vidas en las salas de CIVET y en la cafetería de Paco. Empezamos con poco más de sesenta metros cuadrados. Hoy disfrutamos de tres centros distintos en Mairena del Aljarafe, dedicados cada uno a distintas especialidades: fisioterapia y terapia ocupacional, logopedia, neuropsicología y psicología,... y de una pequeña extensión en el extrarradio, allá por Jerez. Más de una decena de profesionales tratamos de disfrutar cada día de nuestro trabajo, de llevarnos bien, de hacer mejor al otro, de comprendernos aunque no siempre nos entendamos, de convertir CIVET en nuestra segunda casa, por momentos en la primera. Y confían en nosotros alrededor de ciento cincuenta familias por las que tratamos de esforzarnos cada día para no defraudarlas, lo que no siempre resulta fácil.

Estos diez primeros años de vida de CIVET están sujetados por mucho trabajo, construidos con ilusión por muchas horas de estudio meditando en cómo hacerlo mejor, por errores, por esperanzas y decepciones, por lágrimas por los que ya no podrán volver, por berrinches y preocupaciones, por mucho humor, sudor, amor,...
Acaban de comenzar nuestros segundos diez años en los que, en el fondo, sólo aspiramos a que podamos seguir creciendo juntos.

Muchas gracias a los que de una manera u otra habéis hecho posible todo este tiempo.


Con todo nuestro cariño 
Macarena y Daniel,

en nombre de todo nuestro
 equipo profesional 



miércoles, 28 de junio de 2017

FE Y UN POCO MÁS

El hecho de acudir al médico es un evento estresante para todos los seres humanos. 

Al hecho de enfermar (algo ya desagradable en sí mismo ) se le une la incertidumbre acerca de la causa del malestar y de su evolución, el miedo a recibir exploraciones o pruebas dolorosas, la latencia necesaria hasta el conocimiento del diagnóstico, el miedo a la gravedad del mismo, la exposición como testigos al dolor de otros seres humanos, etcétera.

En el caso de los niños, todos estos miedos están igualmente presentes, pero debido a que cuentan con menos recursos (algunos entran en contacto por primera vez con experiencias corporales dolorosas; muchos se encuentran todavía en un estado preverbal en el que poner en palabras lo que les pasa para regularlo no es una opción disponible; no tienen experiencias pasadas a las que poder acudir en busca de apoyos emocionales…) su afrontamiento del mismo se ve dificultado. Es como si nos sumergieran en una piscina de agua helada antes de que sepamos lo que significa “agua”, “piscina” y “sumersión”; antes de que sepamos lo que significa “helada”. 
Sólo la experiencia del dolor (de la congelación), sin contexto, sin alrededores.

Decía Vygostky que una de las funciones principales de los padres es la de proporcionar andamiaje a sus hijos, es decir, la de “prestarles” recursos que aún no 
tienen para que puedan afrontar situaciones para las que aún no están preparados. 
Gracias a esos apoyos (a ese “yo” auxiliar que se pone en marcha) los menores pueden resolver exitosamente las situaciones a las que se van enfrentando en su  proceso de maduración y aprendizaje. 


En el contexto de la enfermedad y de las intervenciones médicas de los menores son varias las recomendaciones que podemos hacer y que pueden constituir un andamiaje instrumental y emocional efectivo, a saber:

Abordar la enfermedad y la necesidad de asistencia médica con naturalidad, como una parte de la vida a la que es necesario enfrentarse. Desdramatizarla en la medida de lo posible.

Explicarle de forma anticipada al niño la necesidad de la intervención (exploración médica, pruebas, medicación…). Esto es importante incluso en niños muy pequeños, en los que pensamos que no hay recepción del mensaje porque aún no está desarrollado el lenguaje. Recibir esta comunicación les tranquilizará y les ayudará a afrontar mejor la situación.

Explicarle en qué va a consistir exactamente la exploración. Habitualmente es difícil que los médicos puedan tomarse el tiempo que necesitarían para transmitir esta información, pero es muy importante para disminuir el grado de ansiedad del menor. Podemos pedirle al facultativo que nos los explique a nosotros y transmitirlo nosotros a nuestra vez al menor.



Estar presentes durante la exploración y las pruebas médicas. Si no es posible mantener al niño en brazos mientras se le explora (esto sería lo ideal), intentar al menos mantener el contacto físico (cogerle de la mano, acariciarle la cabeza….).

Cantarle mientras se le hacen las pruebas y exploraciones. Para los niños la música (sobre todo en la voz materna) es un ansiolítico natural que les ayudará a contrarrestar la aversividad de la exploración médica.

No mentirle, no prometerle por ejemplo que el médico sólo hablará con él sin explorarle (si no va a ser así) o que la prueba no dolerá o que el médico le regalará algo a la salida. Debemos dar información veraz, enfatizando los aspectos positivos (que estaremos acompañándole, que será rápido –cuando lo sea-, que en unos días se sentirá mejor, etc.).

Llegar a acuerdos. Por ejemplo: dejarle elegir (dentro de lo posible) el día de la visita al médico, con quién desea acudir, etc. También se le puede ofrecer la posibilidad de realizar una actividad agradable tras la exploración o la toma de medicación.

Espaciar las pruebas, sobre todo aquellas de carácter doloroso: que el menor sienta que hay espacios de recuperación/descanso entre ellas.

Mantener la calma y no intercambiar miradas ni comentarios negativos entre los adultos. En ausencia de otra información disponible, los menores estarán alerta sobre nuestro estado emocional y nuestra comunicación. Si nos ven asustados o preocupados deducirán que están en una situación peligrosa y reaccionarán en consecuencia.

No forzarlo físicamente ni imponerle los procedimientos. Es natural que los niños se resistan (incluso en aquellos casos en los que ha habido una explicación previa) a las exploraciones médicas. Eso, unido a la propia ansiedad de los adultos y a la presión del tiempo a la que están sometidos los facultativos, hace que intentemos realizar la exploración a toda costa y de la forma más rápida posible, pero esta forma de proceder puede hacer que el procedimiento tenga un mayor poder traumatogénico. Es preferible, si percibimos señales de resistencia en el menor, interrumpir la exploración y dedicar unos minutos a relajarlo a través del tacto, de la comunicación verbal o del juego. Y una vez que esté relajado y confiado proponerle continuar con la exploración.




Respetar la confianza que el menor pone en nosotros y su derecho a participar en el proceso. Por ejemplo, si está manifestando señales de resistencia a la exploración no debemos distraerlo con otra cosa y aprovechar un momento de distracción para ponerle la inyección o someterlo a la prueba de que se trate. Debemos transmitirle que el procedimiento médico en sí no es negociable, pero que buscaremos la forma de que lo afronte a su manera (por ejemplo, darle la posibilidad de que vea la tele mientras se le pincha, de llevarse el juguete que quiera a la consulta, etc.). Esto último le transmitirá una sensación de controlabilidad que aumentará su capacidad de afrontamiento.

Confiar en nuestro hijo, en sus capacidades y recursos. A pesar del apoyo paterno,
de la compañía y apoyo que podamos prestarle, será él en última instancia el que
tendrá que afrontar y vivir la experiencia médica.  Confiar en que puede hacerlo.No hacerle comentarios negativos si no ha sido capaz de someterse a la exploración o si ha mostrado signos de debilidad durante la misma. Debemos expresar compresión y apoyo, reforzando en cualquier caso el intento de afrontamiento.

Y por último, lo más importante, sin lo cual el resto no es posible, confiar en nosotros como padres.




Lucía Díaz
Psicóloga clínica
CIVET

martes, 20 de junio de 2017

PREVENCIÓN DE LAS ALTERACIONES CORPORALES EN UCI NEONATAL

AQUÍ OS DEJAMOS UN VIDEO EN EL QUE OS HABLAMOS SOBRE LA IMPORTANCIA DE LA PREVENCIÓN POSTURAL EN LOS RECIÉN NACIDOS CON RIESGO DE PADECER ALTERACIONES EN SU DESARROLLO MOTOR




martes, 13 de junio de 2017

EL BUSCADOR SENSORIAL vs. EL EVITATIVO SENSORIAL


En este post se explicarán el significado de muchas conductas muy habituales en niños causadas por la dificultad de procesar adecuadamente la información sensorial. Antes de describir esas conductas, vamos a resumir brevemente cómo se procesa la información sensorial.

¿Qué es el procesamiento sensorial?


El procesamiento sensorial tal y como describe Jean Ayres, es el proceso neurológico que se encarga de interpretar y organizar las sensaciones que uno recibe de sí mismo y de su entorno, haciendo posible contactar con el entorno y responder adecuadamente. Se desarrolla de manera espontánea en el desarrollo evolutivo del niño y depende de dos factores: la herencia genética y la estimulación del entorno.
Por tanto, un adecuado procesamiento sensorial nos permitirá generar un comportamiento organizado ante una información sensorial percibida, para poder desarrollar respuestas adaptativas.

¿Cómo procesamos un estímulo sensorial?


1.    Registro sensorial: el sistema nervioso central registra la información sensorial entrante a diferentes niveles.
2.    Modulación sensorial: en esta fase se regula y organiza el grado, la intensidad y la naturaleza de la respuesta que vamos a generar tras la percepción del estímulo. En el caso en que el niño no module la información recibida adecuadamente su respuesta no será efectiva.
3.    Discriminación sensorial: habilidad para distinguir entre diferentes estímulos y para organizar perceptivamente las cualidades espaciales y temporales de los estímulos.

¿Cuáles son los sistemas sensoriales?


Los sistemas sensoriales son los encargados de transmitir las sensaciones al sistema nervioso. Son los siguientes:

·      Sistema táctil: nos aporta sensaciones sobre las propiedades del estímulo: textura, forma, tamaño, peso...
·      Sistema propioceptivo:  informa de la posición de los músculos, es la capacidad de sentir la posición relativa de partes corporales contiguas.


·      Sistema vestibular: regula el sentido del movimiento y del equilibrio, nos permite situar nuestro cuerpo en el espacio.
·      Sistema visual: nos permite percibir la forma, distancia, posición, tamaño y color de todos los objetos y seres que nos rodean. 
·      Sistema auditivo: recoge información de los sonidos y nos permite conocer sus características.
·      Sistema gustativo: encargado de procesar los sabores y texturas que en contacto con nuestra boca.
·      Sistema olfativo: encargado de detectar y procesar los diferentes olores.

¿A que llamamos disfunción del procesamiento sensorial? 


Llamamos disfunción del procesamiento sensorial a la disfunción neurológica que se manifiesta en la incapacidad para modular, discriminar, coordinar u organizar sensaciones de manera eficaz.
Centrándonos en las dificultades presentadas en la fase de modulación sensorial, podemos encontrar dos tipos de reacciones: hipersensibilidad o hiposensibilidad.
·      Respuestas hipersensibles: experimentan la información sensorial procedente de un estímulo con mayor intensidad de lo esperado, es decir necesitan poco input para activarse.
·      Respuestas hiposensibles: experimentan la información sensorial con menor intensidad de lo esperado.

El buscador sensorial:


Cuando un niño es poco sensible a determinados estímulos sensoriales (respuesta hiposensitiva), tienden a buscar más estimulación sensorial para conseguir un nivel de input adecuado para activarse. Por el contrario, hay niños que suelen buscar un estímulo de manera desmedida para lograr modular bien otros a los que son hipersensibles. Un buscador sensorial puede:
·      Tener alta tolerancia o indiferencia al dolor.
·      Disfrutar chocándose con personas o cosas, suelen refregarse por las paredes.
·      Se retuerce en la silla, manteniendo sus manos bajo sus glúteos y presionan fuerte.
·      Cuando está en el sofá o la cama necesita tener algo encima de su cuerpo, peluches, colcha, manta, cojines...
·      Toca mucho a la gente o a los objetos.
·      No controla su fuerza, aprieta mucho el lápiz al escribir, rompe el papel donde escribe al apoyarse…
·      Le encanta andar descalzo, evita usar zapatos.
·      Muerde o chupa sus manos, brazos, uñas, lápiz, camiseta… necesidad constante de tener algo en la boca.
·      Puede jugar demasiado fuerte (sin ser consciente del peligro) salta, empuja y choca contra todo.
·      Juegan con sus juguetes bruscamente, con frecuencia suelen romperlos.
·      Suele preferir la ropa ajustada, prefiere llevar el cinturón muy ajustado, llevar la sudadera abrochada hasta arriba, apretarse mucho los cordones de los zapatos, preferir chalecos de cuello vuelto, querer llevar con frecuencia pañuelo o bufanda…
·      Disfruta escuchando o haciendo ruidos fuertes.
·      No respeta el espacio corporal de las demás personas.
·      Gira y da vueltas frecuentemente, le gusta la sensación de estar mareado.
·      Se balancea con frecuencia.
·      Tiende a oler todos los objetos que coge.
·      Necesitan que le abrecen muy fuerte.



Evitativo sensorial:


Algunos niños evitan sensaciones que experimentan con una intensidad excesiva (respuesta hipersensitiva) y les incomodan. Un niño evitativo puede:

·      Percibir ruidos que otras personas no perciben con la misma intensidad, por ejemplo, el sonido de las agujas de un reloj.
·      Le molesta demasiado determinados ruidos: bandas de Semana Santa, cuando cantan todos los niños de la clase…
·      Prefiere estar a oscuras o en penumbras, le molesta los ambientes muy luminosos y determinados tipos de luces.
·      Evita los columpios o juegos que requieran mucho movimiento.
·      No le gusta ir en medios de transportes: coche, moto, autobús, barco…
·      No le gusta ensuciar sus manos con barro, arena, espuma…
·      Evita que le corten el pelo o las uñas.
·      No le gusta que le toquen la cara.
·      Rechaza besos, caricias, abrazos…
·      No le gusta llevar ropa ajusta, le molesta los pantalones con elástico, los zapatos ajustados (prefieren zapatos descubiertos), calcetines…
·      Toca o pellizca la parte del cuerpo donde le han tocado para eliminar la sensación.
·      No le gustan los lugares con mucha gente.
·      Tiene sensibilidad extrema a determinados olores.
·      Rechaza determinadas texturas de los alimentos, suele querer zumos, galletas, yogures de una marca y sabor determinados.




Para concluir…


Los niños no presentan un patrón sensorial homogéneo, es decir, no es solo buscador sensorial o evitativo sensorial; lo más frecuente es la combinación de ambos, suelen ser buscadores sensoriales para determinados estímulos y evitativos para otros.
Todas las personas tenemos un patrón sensorial diferente y un modo de autorregularnos particular y esto no quiere decir que sea patológico.  Un determinado patrón sensorial es patológico cuando afecta a la vida diaria del niño.
La mayoría de los niños que presentan disfunción del procesamiento sensorial, suelen presentar otros síntomas como rigidez cognitiva, dificultades en el control inhibitorio, dificultades práxicas, deglución atípica… es por ello, que lo más recomendable sería que fuese valorado por un equipo multidisciplinar formado por terapeutas ocupacionales, fisioterapeutas, neuropsicólogos, logopedas… con el fin de valorar las necesidades del paciente desde una visión integradora.
Algunos de los niños que presentan disfunción del procesamiento sensorial, presentan otra patología de base neurológica que es la desencadenante de esta disfunción; en este caso, sería labor del neuropediatra descartar una posible patología neurológica. 



María Ortiz Rodríguez.

Neuropsicóloga 
CIVET.