martes, 13 de diciembre de 2016

OTRAS FORMAS DE ANALGESIA


La enfermedad grave y la hospitalización de niños pequeños supone, al igual que las de los adultos, un impacto importante en la vida de los familiares. La emoción predominante es la ansiedad (ante un diagnóstico reciente, ante la incertidumbre de la evolución, ante las fantasías de catástrofe y muerte…), pero son igualmente frecuentes la tristeza, la irritabilidad, los desencuentros con la pareja, familia, amigos…, el cansancio, la culpabilidad… 


Hay muchas formas en las que las familias pueden manejar estas emociones y su manifestación en la vida diaria. Entre ellas, una muy frecuente es la tendencia a la ocultación como un medio de proteger al resto de familiares (especialmente, a los de menor edad). Con frecuencia se asume que los niños no deben tener acceso a la información sobre lo que le ocurre al familiar afectado ni sobre la evolución de éste. Por tal motivo, los padres suelen hablar a escondidas, acudir a las consultas a escondidas, llorar y sufrir a escondidas. Es, como decimos, una forma de proteger a los menores, de evitarles sufrimiento (ése que los padres no pueden evitarse a sí mismos), una manifestación más del amor que sienten por sus hijos. El problema es que, tal y como decía Watzlawick (un importante psicólogo austriaco), “es imposible no comunicar”. Las ausencias repetidas de casa, las miradas que se cruzan los progenitores, las puertas cerradas, los ojos llorosos, las tardes en casa de abuelos, tíos, vecinos, las ausencias de las actividades habituales e incluso del colegio… todo eso es una forma de lenguaje para los menores. Tanto si se trata del niño enfermo como de los hermanos, seremos incapaces de conseguir protegerlos con nuestro silencio. Ellos necesitan una explicación de lo que está pasando, y a falta de información clara por nuestra parte, leerán a su manera entre las confusas líneas del funcionamiento cotidiano.

Otro factor que actúa potenciando los efectos perniciosos del silencio es el hecho de que muchos menores tienen la fantasía de que la enfermedad la han provocado ellos (con su mal comportamiento, con sus pensamientos negativos en momentos puntuales hacia sus hermanos o progenitores…) y temen ser castigados por ello. De todas las emociones que pueden padecer, las más perjudiciales son la confusión y la incertidumbre ante la percepción de una situación de gravedad no explicitada ni explicada por los familiares. De ahí la importancia de hablar con ellos abiertamente. Tanto el niño enfermo como los hermanos necesitan saber qué ocurre, cuál será la evolución previsible de la enfermedad, qué síntomas implica ésta, qué cambios generará en el funcionamiento cotidiano (ausencias más frecuentes de los padres, cuidado a cargo de algún familiar, menor tiempo de ocio, cambio posible de domicilio, necesidad de disminuir gastos, etcétera). Necesitan poder participar (a su nivel) en los tratamientos médicos, preguntar lo que no entiendan, expresar sus sentimientos y encontrar sostén emocional en los adultos. Las explicaciones deben adaptarse a su nivel de edad, pero deben responder siempre a la verdad. Es importante transmitirles, junto a la información, la idea de que pase lo que pase se encontrará la forma de afrontar situaciones difíciles, de que estaremos con ellos para acompañarles y de que estamos disponibles para que nos pregunten todo lo que necesiten. Podemos llorar delante de ellos (de esta forma les estamos dando la oportunidad de que también ellos manifiesten cómo se sienten). La clave es combinar la expresión de esos sentimientos con una determinación firme a sobreponerse y a seguir adelante, esto es, con la manifestación de una confianza clara en los recursos propios y de los menores. Al hacer esto comprobaremos que esa manifestación emocional los tranquiliza más que angustiarlos. Entenderán los cambios que implica la enfermedad/hospitalización, se sentirán capaces de anticipar situaciones y su nivel de adaptación a las mismas se verá facilitada. Sabrán que tienen permiso para expresar sus emociones y no necesitarán somatizar la angustia a través de síntomas como dolores de cabeza, vómitos, irritabilidad, trastornos de conducta, etcétera.

El silencio aísla y obliga a cada miembro de la familia a sufrir por separado, a lidiar con las peores imágenes (traídas por un cerebro confuso y asustado) y con los peores temores. La comunicación abierta y clara, por el contrario, supone un recurso compartido -construido entre todos- con el que hacer frente a situaciones difíciles. Es una especie de puente que se puede atravesar y que nos traslada desde una situación amenazante y oscura a otra que se puede dotar de significado: el de estar unidos, pese a todo, y apoyarse mutuamente.

Lucía Díaz Rodríguez
Psicóloga Clínica

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