lunes, 20 de marzo de 2017

LA MAGIA DE LA FISIOTERAPIA


"Magia es cuando en un momento determinado 
uno se asoma al abismo de lo complejo y dice: no lo sé".

Eduardo Fondevila

A lo largo de nuestros años de dedicación, trabajando con niños con parálisis cerebral o con otras patologías que les dificultan su desarrollo motor y psicomotor, y en consecuencia su adaptación a las tareas funcionales que la vida diaria les exige, hemos experimentado, no únicamente como personas sino también como profesionales si es que es posible separar ambos aspectos, una necesaria transformación, no sólo física e ineludible por el paso del tiempo, sino también, y podría decirse que sobre todo, cognoscitiva y emocional.

En otros ámbitos de los muchos campos que abarca nuestra profesión, los resultados curativos de nuestras acciones pueden ser muy evidentes y en muchos casos hasta sorprendentes y espectaculares. Esto, en muchas ocasiones, proporciona al fisioterapeuta frente a la mirada del paciente una aureola sagrada no exenta de un cierto componente mágico, casi divino, que le acompaña en su labor profesional, y que de alguna manera uno, en sus inicios, aspira a confirmar. Es la reminiscencia del chamanismo, de lo indescifrable para el profano de las técnicas que se emplean, trasladada a unos tiempos más modernos.


La realidad del trabajo con pacientes con lesiones cerebrales y en concreto con niños con parálisis cerebral nos devuelve sin paliativos, ya que no alcanzaremos nunca a curarles, a nuestra condición humana.

De la misma manera que las familias poco a poco van reduciendo la magnitud de sus expectativas en lo referente a la evolución motriz o funcional de sus hijos, también los terapeutas, en una evolución que podríamos llamar natural, a medida que avanzamos en nuestro desarrollo como profesionales nos vamos dando cuenta de que cuanto más conocemos, cuanto más aprendemos, más conscientes nos volvemos de nuestras limitaciones. Y está bien que sea así.

La aceptación de nuestras limitaciones debe ser paralela a la de nuestras posibilidades. Y al igual que les ocurre, salvando las distancias, a los familiares, esto implica también un trabajo personal que no siempre es sencillo, y que va más allá de lo técnico. Eso sí, a diferencia de las madres y padres, que en su dolor tienen que aceptar y asimilar las dificultades de sus hijos, el fisioterapeuta tiene que hacerse consciente de las suyas propias para conseguir una adaptación del niño, a lo que conocemos como vida normal, que no siempre es posible.

La confianza entre terapeutas y padres es muy importante para el buen desarrollo de un proceso terapéutico que no suele ser corto. El profesional debe tener además una implicación sólida basada en una vocación innegociable como base para poder desarrollar adecuadamente su trabajo. Pero cuando ambos, confianza e implicación, sobrepasan ciertos límites, algo que no es difícil dado el alto grado de intimidad que puede desarrollarse durante las sesiones de trabajo, pueden convertirse en elementos perjudiciales por cuanto una buena parte de las expectativas y las lógicas decepciones y frustraciones familiares pueden ser absorbidas haciéndolas propias por parte de los profesionales.

Es entonces cuando los fracasos de los niños se vuelven también nuestros fracasos, cuando en realidad no son sino fracasos de nuestras expectativas, del planteamiento previo de los objetivos, de unos objetivos inevitablemente transformados en subjetivos.


En momentos así podemos estar ciegos ante situaciones que se han dado en llamar “sobrepasadas” para la fisioterapia. Estas situaciones son aquellas que ya le impiden al niño seguir la evolución esperada o alcanzar los objetivos planteados: desde evoluciones ortopédicas incontroladas, a situaciones contextuales demasiado complejas y fuera de nuestro círculo de influencia (contextos sociales o familiares, problemas de comportamiento, etc.)
Así, nuestros objetivos no deben basarse sólo en los resultados de nuestros exámenes sobre las capacidades motrices de los niños, sino que tienen que ir más allá. Una mirada global del proceso terapéutico nos debe hacer incluir cuáles son las posibilidades familiares, no sólo económicas, sino también sociales, emocionales, culturales, etc. y también de los recursos sociales disponibles: tipo de escolarización, subvenciones, acceso a profesionales preparados suficientemente,… Una mirada que no incluya el entorno que rodea al niño está abocada a no encontrar sentido en sus acciones: el contexto dará sentido a aquello sobre lo que focalicemos nuestra atención terapéutica.
Es aquí donde toma sentido también la conocida plegaria de Niebuhr, que nos invita a tener serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar aquello que soy capaz de cambiar, y sobre todo, sabiduría para diferenciarlas.

Y así, lo que pueda haber de mágico en nuestra Fisioterapia nos alcanza cuando somos capaces de combinar estas tres virtudes.



Daniel A. Ortega Asencio
Fisioterapeuta
CIVET scp







1 comentario:

  1. Qué verdad es todo lo que dices Dani. Qué difícil tarea tenéis pero qué bien lo hacéis en Civet. Nunca podremos agradeceros lo suficiente lo que hacéis por nuestros tesoros. GRACIAS DE CORAZÓN A TODO EL EQUIPO.

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