miércoles, 28 de junio de 2017

FE Y UN POCO MÁS

El hecho de acudir al médico es un evento estresante para todos los seres humanos. 

Al hecho de enfermar (algo ya desagradable en sí mismo ) se le une la incertidumbre acerca de la causa del malestar y de su evolución, el miedo a recibir exploraciones o pruebas dolorosas, la latencia necesaria hasta el conocimiento del diagnóstico, el miedo a la gravedad del mismo, la exposición como testigos al dolor de otros seres humanos, etcétera.

En el caso de los niños, todos estos miedos están igualmente presentes, pero debido a que cuentan con menos recursos (algunos entran en contacto por primera vez con experiencias corporales dolorosas; muchos se encuentran todavía en un estado preverbal en el que poner en palabras lo que les pasa para regularlo no es una opción disponible; no tienen experiencias pasadas a las que poder acudir en busca de apoyos emocionales…) su afrontamiento del mismo se ve dificultado. Es como si nos sumergieran en una piscina de agua helada antes de que sepamos lo que significa “agua”, “piscina” y “sumersión”; antes de que sepamos lo que significa “helada”. 
Sólo la experiencia del dolor (de la congelación), sin contexto, sin alrededores.

Decía Vygostky que una de las funciones principales de los padres es la de proporcionar andamiaje a sus hijos, es decir, la de “prestarles” recursos que aún no 
tienen para que puedan afrontar situaciones para las que aún no están preparados. 
Gracias a esos apoyos (a ese “yo” auxiliar que se pone en marcha) los menores pueden resolver exitosamente las situaciones a las que se van enfrentando en su  proceso de maduración y aprendizaje. 


En el contexto de la enfermedad y de las intervenciones médicas de los menores son varias las recomendaciones que podemos hacer y que pueden constituir un andamiaje instrumental y emocional efectivo, a saber:

Abordar la enfermedad y la necesidad de asistencia médica con naturalidad, como una parte de la vida a la que es necesario enfrentarse. Desdramatizarla en la medida de lo posible.

Explicarle de forma anticipada al niño la necesidad de la intervención (exploración médica, pruebas, medicación…). Esto es importante incluso en niños muy pequeños, en los que pensamos que no hay recepción del mensaje porque aún no está desarrollado el lenguaje. Recibir esta comunicación les tranquilizará y les ayudará a afrontar mejor la situación.

Explicarle en qué va a consistir exactamente la exploración. Habitualmente es difícil que los médicos puedan tomarse el tiempo que necesitarían para transmitir esta información, pero es muy importante para disminuir el grado de ansiedad del menor. Podemos pedirle al facultativo que nos los explique a nosotros y transmitirlo nosotros a nuestra vez al menor.



Estar presentes durante la exploración y las pruebas médicas. Si no es posible mantener al niño en brazos mientras se le explora (esto sería lo ideal), intentar al menos mantener el contacto físico (cogerle de la mano, acariciarle la cabeza….).

Cantarle mientras se le hacen las pruebas y exploraciones. Para los niños la música (sobre todo en la voz materna) es un ansiolítico natural que les ayudará a contrarrestar la aversividad de la exploración médica.

No mentirle, no prometerle por ejemplo que el médico sólo hablará con él sin explorarle (si no va a ser así) o que la prueba no dolerá o que el médico le regalará algo a la salida. Debemos dar información veraz, enfatizando los aspectos positivos (que estaremos acompañándole, que será rápido –cuando lo sea-, que en unos días se sentirá mejor, etc.).

Llegar a acuerdos. Por ejemplo: dejarle elegir (dentro de lo posible) el día de la visita al médico, con quién desea acudir, etc. También se le puede ofrecer la posibilidad de realizar una actividad agradable tras la exploración o la toma de medicación.

Espaciar las pruebas, sobre todo aquellas de carácter doloroso: que el menor sienta que hay espacios de recuperación/descanso entre ellas.

Mantener la calma y no intercambiar miradas ni comentarios negativos entre los adultos. En ausencia de otra información disponible, los menores estarán alerta sobre nuestro estado emocional y nuestra comunicación. Si nos ven asustados o preocupados deducirán que están en una situación peligrosa y reaccionarán en consecuencia.

No forzarlo físicamente ni imponerle los procedimientos. Es natural que los niños se resistan (incluso en aquellos casos en los que ha habido una explicación previa) a las exploraciones médicas. Eso, unido a la propia ansiedad de los adultos y a la presión del tiempo a la que están sometidos los facultativos, hace que intentemos realizar la exploración a toda costa y de la forma más rápida posible, pero esta forma de proceder puede hacer que el procedimiento tenga un mayor poder traumatogénico. Es preferible, si percibimos señales de resistencia en el menor, interrumpir la exploración y dedicar unos minutos a relajarlo a través del tacto, de la comunicación verbal o del juego. Y una vez que esté relajado y confiado proponerle continuar con la exploración.




Respetar la confianza que el menor pone en nosotros y su derecho a participar en el proceso. Por ejemplo, si está manifestando señales de resistencia a la exploración no debemos distraerlo con otra cosa y aprovechar un momento de distracción para ponerle la inyección o someterlo a la prueba de que se trate. Debemos transmitirle que el procedimiento médico en sí no es negociable, pero que buscaremos la forma de que lo afronte a su manera (por ejemplo, darle la posibilidad de que vea la tele mientras se le pincha, de llevarse el juguete que quiera a la consulta, etc.). Esto último le transmitirá una sensación de controlabilidad que aumentará su capacidad de afrontamiento.

Confiar en nuestro hijo, en sus capacidades y recursos. A pesar del apoyo paterno,
de la compañía y apoyo que podamos prestarle, será él en última instancia el que
tendrá que afrontar y vivir la experiencia médica.  Confiar en que puede hacerlo.No hacerle comentarios negativos si no ha sido capaz de someterse a la exploración o si ha mostrado signos de debilidad durante la misma. Debemos expresar compresión y apoyo, reforzando en cualquier caso el intento de afrontamiento.

Y por último, lo más importante, sin lo cual el resto no es posible, confiar en nosotros como padres.




Lucía Díaz
Psicóloga clínica
CIVET

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