viernes, 18 de enero de 2019

UN CEREBRO PLÁSTICO

El término plasticidad cerebral forma parte desde hace tiempo de nuestro léxico habitual. Base para la aplicación de determinadas técnicas terapéuticas se ha convertido en sostén de la esperanza en un futuro mejor para las personas, sea cual sea su edad, que padecen las consecuencias de lesiones cerebrales de diversa naturaleza. 

Pero ¿qué significa que nuestro cerebro sea plástico?

Entre sus acepciones principales como adjetivo, el término “plástico” hace referencia a algo que se puede modelar fácilmente; y también a algo vivo, con gran fuerza expresiva





El cerebro, si bien dista mucho de ser fácil de modelar a nuestro antojo, sí está, en efecto, continuamente modelándose, reaccionando e interaccionando con toda la información que le llega y genera; y si alguna cualidad tiene nuestro cerebro es precisamente su capacidad de expresión, de proyectarse hacia el exterior.

Por tanto, podría entenderse que ser plástico es la propia forma de ser del cerebro, y sería la manera que tenemos de hablar de su capacidad para ser influenciado por la experiencia y de adaptarse

De lo anterior se infiere la importancia de todo aquello que conforme la experiencia a la que se expone el cerebro por medio de su prolongación en el mundo: el cuerpo, que en realidad no sería más que la forma que tiene el cerebro de extenderse en el espacio para así poder alcanzar y aprehender lo que le rodea por medio de los sentidos, incluyendo tal vez como uno de los sentidos más importantes el de la propiocepción, que resumiendo podemos definir como el conjunto de informaciones que músculos y articulaciones envían al cerebro informándole de todo aquello relacionado con la postura, el movimiento, etc.

Y es importante tener en cuenta también, que esta experiencia estará formada no solo por la presencia de determinados estímulos, sino también por la posible ausencia de otros. En el caso de la motricidad, cuando los niños están privados o limitados en su potencial motor, el uso de técnicas que sean capaces de provocar movimientos coordinados e incitar a la participación voluntaria dentro de programas adecuados de movimiento es fundamental para el enriquecimiento de su experiencia corporal.

Por otro lado, la experiencia, que se va a producir en un espacio y un tiempo concretos sólo puede tener influencia cuando existan en el propio sujeto las condiciones adecuadas para que esto ocurra, es decir, cuando encuentre en él fundamentos para interactuar. De tal forma que hay muchas informaciones en el medio que no van a provocar ningún cambio en nuestro cerebro, ya sea porque nuestros sentidos no pueden captarlas o porque el cerebro sobre el que inciden no está preparado para responder a ellas, de ahí que sea necesario encontrar y exponer a los sujetos a las informaciones más adecuadas para que se conviertan en estímulos. Lo que hoy no es un estímulo lo podrá ser más tarde, y viceversa.

Así, es el niño el que aprende, siendo en realidad el único maestro de su aprendizaje, y lo hace además en función de lo que ya sabe. Pero el entorno determinará aquello que aprende, haciéndolo de diversas formas, algunas espontáneas y otras asociadas a situaciones pedagógicas, ya sea a través de modelos o a través de situaciones de inestabilidad a las que el niño debe responder y adaptarse.



Tanto la actividad cerebral provocada por estímulos externos como la actividad espontánea son esenciales para estimular y guiar el proceso de desarrollo de las conexiones entre las neuronas (sinapsis). Esta sensibilidad a la influencia ambiental es especialmente importante durante los llamados períodos críticos del desarrollo, de elevada plasticidad, que permiten la formación y consolidación estructural de las conexiones neuronales.

El período posnatal temprano y la infancia son tiempos de oportunidad para modelar la estructura cerebral; pero, del mismo modo, también representan períodos de gran vulnerabilidad para alterar el desarrollo normal. Así, la experiencia puede modificar la estructura y función tanto en dirección positiva (facilitando una adaptación favorable) como negativa (dificultándola o impidiéndola).

De la misma manera, cuando existe una lesión cerebral, esa misma naturaleza plástica del cerebro permite un cierto grado de reestructuración y de reorganización, pudiendo adaptarse incluso tiempo después de una lesión. Pero…

¿Qué influye en la plasticidad cerebral?

Son varios los factores que van a condicionar la posibilidad de recuperación tras una lesión, reteniendo la importancia de dos nociones: 

  • la de la región cerebral involucrada, de tal manera que perturbaciones en un área específica del cerebro darán lugar a un déficit específico (un único foco de lesión o varios, extensión, afectación de uno o de los dos hemisferios, …)
  • y la noción de período crítico, ya que cada región cerebral tiene un programa de desarrollo particular.


También influirán la predisposición genética y la interacción del programa genético individual y de los factores socio-ambientales

Los conocimientos actuales nos invitan a pensar que, si un cerebro está llamado a lesionarse, es mejor que sea lo más pronto posible, que la lesión sea lo más limitada posible, que solo ocurra en un lado del cerebro, que la persona esté acompañada por una familia que la apoye inmensamente y que viva cerca de un muy buen hospital. Y especialmente hay un elemento fundamental: la precocidad de la intervención.

Sin embargo, y desafortunadamente, el cerebro, mientras trata de adaptarse, a veces se daña, lo que da lugar a consecuencias negativas en lugar de positivas.

En el contexto posterior a la lesión en edades perinatales, la plasticidad tiene un doble propósito: compensar la función perdida, y permitir que el cerebro lesionado continúe desarrollándose lo más normalmente posible. 




















Lo que generalmente hace la rehabilitación, a través de los ejercicios, es enriquecer el entorno del niño, ya que, aunque parte de la recuperación es espontánea, otra parte, como hemos visto, es el resultado de la experiencia, incluidas determinadas intervenciones como la terapia física, lo que puede ayudar a mejorar o activar los cambios en la estructura y función del cerebro.

La plasticidad cerebral, referida como la capacidad de cambiar estructura y función, es un hecho incuestionable cuyos mecanismos son muy bien conocidos a nivel experimental, en especial por lo que hace referencia a cambios celulares. Queda claro que la experiencia produce múltiples y disociables cambios en el cerebro. Sin embargo, los mecanismos que rigen la reorganización en los niños tras lesión cerebral distan mucho de ser conocidos.

El reto será poder modular de la mejor manera posible esta plasticidad. 



Daniel A. Ortega Asencio
Fisioterapeuta
CIVET

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